Romanos 1:22-28
Esto no es
meramente una moda; es una cuestión profunda de identidad. Miles de personas,
especialmente jóvenes, están hablando sobre esta práctica. Usan máscaras,
imitan movimientos de animales y afirman que, internamente, se identifican como
lobos, gatos, perros o algún otro animal.
Esta moda no es
del todo nueva: el término “teriantropía” tiene raíces históricas y se ha
utilizado durante décadas para describir conceptos de identificación con animales.
Sin embargo, la explosión de videos en el internet la ha expuesto a una
audiencia mucho más amplia de adolescentes que la ven como una forma de
identidad, pertenencia y autoexpresión.
Una pregunta
específica ha comenzado a circular entre los creyentes cristianos: ¿aparecen
los terianos en la Biblia? La respuesta, basada en el análisis teológico e
histórico, es clara: “no”. No existe ninguna mención directa de los terianos en
las Escrituras, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. El debate, sin embargo,
ha cobrado fuerza debido a una coincidencia lingüística que ha generado
confusión.
Algunos han
vinculado la palabra “teriano” con el término griego θηρίον (therion”, que aparece en el Libro del
Apocalipsis. En ese texto, la palabra se traduce como “bestia” y se utiliza en
un contexto simbólico para describir figuras asociadas con el mal, tales como
la bestia que sube del mar y la bestia que emerge de la tierra.
En el capítulo
13, el texto emplea “therion” para representar poderes opuestos a Dios, utilizando
un lenguaje profundamente simbólico y apocalíptico. Sin embargo, esta
coincidencia etimológica no implica conexión alguna con la tendencia
contemporánea de los terianos. Aunque las palabras suenan similares, no se
refieren a lo mismo, ni pertenecen al mismo contexto histórico o doctrinal.
El término “teriano”
deriva de “teriantropía” y se utiliza para describir a individuos que sienten
una profunda identificación psicológica o espiritual con un animal no humano,
ya sea a nivel emocional, simbólico o espiritual. No implica una transformación
física ni una doctrina religiosa, sino más bien una experiencia interna de
identidad. Por lo tanto, desde una perspectiva estrictamente bíblica, no existe
referencia directa ni indirecta a este concepto. ¿Se mencionan los terianos en
la Biblia? No. El término “therian” es moderno y no forma parte de los textos
bíblicos.
Muchos de los que
participan en esta moda hablan de un “viaje” personal. Su objetivo, dicen, es
descubrir su “verdadera identidad”, conectar con su “teriotipo” y sentirse más
auténticos. Para algunos, es una búsqueda de libertad emocional; para otros,
una forma de escapar de la presión social, la ansiedad o el rechazo. Es un
intento de encontrar identidad y sentido en un mundo donde muchos sienten que
no encajan.
Esta práctica no
trata realmente sobre los animales; trata sobre la identidad. Cuando una
generación comienza a cuestionarse seriamente si es humana, algo más profundo
se ha roto en su interior. La Biblia comienza con una declaración firme que no
cambia con las modas: “Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios
lo creó; hombre y mujer los creó” (Génesis 1:27). Esto significa que tu
identidad no emana de cómo te sientes. No proviene de una moda. No se origina
en una emoción intensa, proviene de Dios.
El problema no es
admirar la naturaleza; Dios creó a los animales y los llamó buenos. El problema
comienza cuando el corazón humano empieza a buscar en la criatura aquello que
solo puede hallarse en el Creador. ¡Esto no es nada nuevo! La Biblia nos habla
del rey Nabucodonosor. Se llenó tanto de orgullo que olvidó quién era ante
Dios. El juicio fue severo: vivió como un animal, comiendo hierba, despojado de
su razón humana (Daniel 4). No fue evolución; fue degradación. Y su
restauración llegó cuando alzó sus ojos hacia el cielo y reconoció a Dios.
Cuando un ser
humano se desconecta de Dios, se pierde la claridad. Cuando uno se reconecta
con Dios, se restaura la razón. El mundo está confundido porque ha apartado a
Dios de sus vidas. Cuando se aparta a Dios, todo se redefine. La verdad se
redefine. La humanidad se redefine. La identidad se redefine. Pero Dios no
cambia.
Está
científicamente comprobado que los seres humanos pueden sufrir una degradación
mental. Podemos provocar que nuestros cerebros se atrofien, dañar nuestras
neuronas y destruir nuestras conexiones neuronales; podemos disminuir nuestra
capacidad cognitiva e incluso perder nuestra memoria, nuestro razonamiento,
nuestra lógica y hasta nuestro lenguaje.
Cuando una
persona decide ser un animal, comportarse como tal y comenzar a vivir de una
manera impulsiva y desordenada, reconfigura su cerebro, fortaleciendo sus
instintos a la vez que debilita su racionalidad. La racionalidad es,
precisamente, lo que nos hace humanos y nos distingue de los animales. Y cuando
ocurre esta reconfiguración, el lóbulo frontal resulta dañado; y es
precisamente en el lóbulo frontal del cerebro donde residen el pensamiento, la
lógica, el juicio, el sentido común y la conciencia. Imagine ser, un día, un
perro, pero sin saber que es un perro debido a que carece de autoconciencia.
Tal persona dejará de ser un ser humano racional para convertirse en un ser
instintivo. Dejará de limitarse a fingir ser un terián o un animal para
convertirse, verdaderamente, en un animal; pues habrá dañado su lóbulo frontal,
destruido sus neuronas y, en efecto, dado esta instrucción a su cerebro:
“Compórtate como un animal”.
Romanos 1:23
afirma: “Y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una imagen semejante
a la de un hombre corruptible, a la de aves, a la de bestias de cuatro patas y
a la de reptiles. Por lo tanto, Dios los entregó, conforme a los deseos de sus
corazones, a la impureza, para que deshonraran sus propios cuerpos entre sí”.
La palabra griega para “impureza” es “akatharsia”, la cual denota una
corrupción profunda e interna. Algo se corrompe cuando pierde su calidad y su
valor, cuando se degrada, descendiendo de un nivel humano a uno animal; busca
corromper su propia naturaleza humana. La palabra “lujuria” (concupiscencia)
denota un deseo desenfrenado, un anhelo que destruye (Romanos 1:22-28).






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